At Arunachala
30 Jan
Los días aquí transcurren en un orden particular que parece ajeno al ritmo habitual de un reloj.
Aunque el ashram tiene relojes en casi todas partes, solo marcan el inicio y el final de las pujas, los cánticos y las oraciones en tamil.
Más allá de sus muros, las grandes rocas entrelazadas con raíces colgantes y las que se encuentran en lo profundo parecen intensificar el llamado de la montaña. Arunachala, serena pero vibrante, atrae cada paso descalzo sobre su antigua superficie.
Los pavos reales se pavonean, graznando, marcando su territorio entre los cientos de visitantes que van y vienen del Samadhi de Bhagavan al Santuario de la Madre, la Sala Antigua, la biblioteca, el auditorio, los comedores y otros lugares.
Largos desfiles de personas, con diferentes rasgos genéticos, de distintas naciones, y un gran grupo de personas de la región de Tamil Nadu.
Muchos idiomas, innumerables diferencias que, en última instancia, se funden en la misma melodía, el mismo silencio.
04 Feb
Esta mañana el aire fresco se desliza por los muchos espacios que rodean los edificios . Alguno monos ya saltan en los árboles.
A las 4 AM aún oscuro es una delicia cruzar la puerta y llegar al Old Hall que sigue igual que la primera vez que en silencio me encontré totalmente en 1999
Las mujeres barren las hojas y la Tierra dejando despejadas las veredas para el paso de los devotos que van llegando en diferentes tiempos a lo largo del día. Campanas ,puja ,cantos aromas todo junto configurando nuevos espacios interiores.
Carta 2 Arthur
Han pasado tres semanas, ya reconozco cada pavo en su caminar, asi como los devotos que vienen y van como caravanas desplazándose en un desierto para llegar a un oasis, no justamente de aguas cristalinas. Las aguas de los tanques lucen verdosas y estancadas. Son otras las aguas que venimos a buscar, son otras las estrellas que nos guían, lleguen a fines de enero, días aun frescos y llenos de aromas, mariposas y flores que siempre caen deshojándose en el pasto.
Las noches se viven entre altos parlantes con mantras, tambores, cantos, vendedores ambulantes, fuegos artificiales, bocinas y miles de sonidos imposibles de definir que se superponen construyendo un sonido vibrante general que integra todos los otros, aun asi duermo profundamente como una continuidad de los estados diurnos. Ya tengo cierta pericia al cruzar la calle frente al Ashram, pero aun a veces me quedo rezagada, el torbellino me ensordece y mi cuerpo no responde con la rapidez necesaria.
Al frente pululan motos, hippies sesenteros, devotos, vendedores, familias con niños, monos desenfrenados tratando de abrir una botella o bolsas de basura, tiendas con coloridas frutas, collares, inciensos, y otros aromatizantes. Entrar al super Marquet es como entrar a un laberinto comprimido donde se puede encontrar todo lo que se necesita para sobrevivir en una habitación, vasos platos cuchillos papel toilette, paños toallas, alimentos, cosméticos etc. Todo revuelto en las estanterías mientras afuera se apilan las cajas vacías y envoltorios de los productos junto a las sandalias polvorientas de los compradores. Los vendedores siempre amables tratando de entender los diferentes idiomas con gestos y algunas indicaciones con las manos para tratar de entendernos lo que me hace pensar que nos vemos muy similar a los monos. Dentro el templo como una nave se agiganta para contener tantos devotos y visitantes, los cantos estremecen los muros y quizás también la montaña, o mejor dicho la montaña estremece el cantar, el silencio y las campanas. Los aromas de los distintos rituales, pujas y otros tejen ondas suaves que flotan a distintas alturas, mientras mis ojos hechos silencio se desplazan a otros entornos hasta desaparecer en ninguno. Mi silencio me recoge allí dentro.
Carta 3 Desde ARUNACHALA
1999 último año del siglo 20 y el calendario de la vida parecía desplegarse en abanicos de posibilidades, sentía un llamando al cambio y sorpresivamente apareció en el horizonte un viaje a la India.
Asi fue como me vi en el aeropuerto de New Deli, en un día intensamente gris de enero. Todo me parecía confuso y más aún en medio del smog que hacía aún más extraño verme a mí misma paralizada en medio de una multitud nunca imaginada, sin poder decidir nada.
Viaje días más tarde de Deli a Rajasthan en tren y después de unas semanas tome un tren que me llevo en un largo viaje de varios días y noches hasta la ciudad de Chennai, al día siguiente un bus atestado de gente me llevo hasta Tiruvannamalai.
Llegue aquí en la luna llena de enero, había dormido muy poco durante 5 días y me había alimentado de plátanos, frutos secos y agua. Aún hoy recuerdo el estremeciendo que sentí cuando crucé el arco de la entrada y vi el árbol justo al frente. Sentí algo semejante al nacer y al morir al mismo tiempo.
Podría decirse que era un estado alterado de consciencia por falta de alimentos, sueño y poca hidratación, pero más allá de eso yo sentí que había llegado.
¿a dónde? Arunachala?
No era el tiempo no era el lugar, no era un Guru, no era una montaña, era todo eso y algo más.
Hoy 27 años más tarde, reconozco lugares, espacios, algunos senderos en la montaña, aromas, sonidos, campanas, silencios y el rostro de muchos viajeros que he ido encontrando a lo largo del tiempo. Aun asi descubro nuevos lugares, nuevas rutas, nuevas costumbres, nuevas normas, pero finalmente queda solo el pie descalzo recorriendo las piedras de la montaña, sucumbiendo al palpitar magnético de Arunachala.
Cuando aún la luz de la mañana no aparece cruzo el portal y voy hasta el fondo para entrar al antiguo hall que como gruta o cueva va recibiendo en su interior a todos los devotos por igual. Aunque sean varios o muchos finalmente es solo una respiración entra y sale rítmicamente y siento que el espacio se dilate y se contrae al mismo ritmo perdiendo su materialidad. todos juntos somos finalmente una sola respiración sostenida en una totalidad. Me gusta sentir el suelo, los muros y el espacio interior como un gran nido de creación.
Quizás lo que ocurre allí más que creación es el despojarse, ya que eso ocurre sin ninguna presión, solo dejándose ser uno mismo. Todo lo superfluo no existe. respirar allí es ser quien soy.
Las formas se desvanecen, la sensación de tiempo quiere aparecer al ritmo de las campanadas de un antiguo reloj, pero aun asi es imposible concebir las coordenadas de tiempo y espacio.
La puerta de fierro se abre en la mañana para dejar el paso libre a la montaña, grandes escalones tallados en la roca oscura invitan a subir, un sendero serpenteante bajo el bosque renovado, rodeado de hierbas y flores. En las copas de los árboles se columpian los monos, esperando alimentos y agua. Constantemente devotos y visitantes suben y bajan buscándose a sí mismos, aunque están creen conscientemente que quieren visitar las cuevas donde Ramana vivió, y sin darse cuenta el silencio llega a su mente.
El sendero se construyó con piedras color siena enrojecida propia de la montaña que como mosaico van uniendo las grandes rocas quemadas por el fuego, permitiendo que los pies descalzos encuentren fácilmente el camino.
Oscuras mariposas de grandes alas circunvalan los senderos en sus propias pradakhinas reuniéndose con otras con alas claras y vistosas. El bosque está lleno de sonidos, pájaros e insectos, de monos, perros, voces humanas, campanas y el sonido de las calles que se introduce como el viento.
Al caminar las plantas de mis pies sienten el calor y el roce de las rocas, hojas y arenas ásperas, cierto dolor aparece, pero luego voy desapareciendo y todo parece ser un guion lejano de una película en un cine de pueblo. Incluso mis pies ya no sienten, ni siquiera sé si camino.
¿Camino?
